Tecnología: un nuevo miembro en la familia, que ha llegado para quedarse.

Por Niksa Cottenie, Directora de Psicología, Universidad San Sebastián

148
0

 

Sin duda que el siglo XXI es una era digital, nuestras familias y las nuevas generaciones, están cada vez más conectadas con el ciberespacio. El acceso a la tecnología ha cambiado la vida de todos: las actividades recreativas, las oportunidades de conocer y comunicarse, ampliando y complejizando los horizontes familiares. Además, como adultos debemos aprender a convivir con una nueva generación, llamada generación Z, que nace en un mundo conectado, que no posee fronteras, en donde toda la información que se requiere está en la nube. Por otra parte, está nuestra generación que utilizó el correo postal, cuyos juegos eran con objetos concretos y que, para comunicarse con los amigos, era indispensable reunirse. La dificultad está en cómo mediamos y transferimos estos aprendizajes a la crianza y a la educación de nuestros hijos, cómo empatizamos con esta forma de ver el mundo y aprendemos a sacar el mayor provecho de la oportunidad que también se nos entrega.

Partamos de la base que cualquier inquietud, puede encontrar respuesta en la web, por tanto, si no entregamos respuestas y argumentos, los niños, sabrán cómo buscarlas. Por ello, el desafío es considerar los medios tecnológicos como una herramienta, que puede aportar en la educación, debiendo ser estrategas y convertirla en nuestro aliado en el proceso de crianza. Debemos tener claro que la tecnología no debe reemplazar el tiempo de juego real de los niños con sus pares y mucho menos el tiempo de compartir en familia. La tecnología puede entretenerlos, entregar información, ayudar con las tareas, pero hay que considerar que nunca proveerá el vínculo emocional, el contacto íntimo y cercano del hogar. No nos enseñará a relacionarnos con otros, a resolver conflictos, a pedir perdón y recomponer las relaciones.  No nos ayudará a disfrutar con otros, a construir momentos y recuerdos que los fortalezcan emocionalmente y les permitan ser resilientes ante las adversidades de la vida.

Los padres deben dejar claro que este es un recurso -como cualquier otro- que facilita la vida, pero que también tiene sus riesgos y como adultos somos responsables de entregar directrices para su uso seguro. Así como definimos rutinas en el hogar y normas, la tecnología no debe estar exento de ello:  contenidos autorizados de explorar, la forma de uso, tiempo de conexión, así como restricciones con respecto al riesgo de exponer públicamente su imagen, son elementos básicos a considerar.  Además, tener presente que no basta con prohibir, la idea generar consenso y centrar nuestro foco en su autocuidado. Pero no solo hay que dar discursos, es fundamental recordar que los niños aprenden más de los que hacemos, que de lo que les decimos… por ello, unirse a sus actividades para modelar el uso de estos medios, emitiendo comentarios constructivos y fundamentados, permitirán discriminar, tener argumentos y poder tomar decisiones cuando se encuentren solos ante la pantalla o ante la presión del grupo de pares.

Como padres debemos maximizar los beneficios que se pueden obtener de las tecnologías y reducir al mínimo los riesgos. A los niños, se les debe enseñar a navegar, orientándolos a que su experiencia sea segura, divertida y que aporte a su aprendizaje, pensando que será la herramienta que estará presente en su día a día. Puede ser un canal en que desarrollen nuevos talentos y habilidades, entregando opciones de crecimiento que se escapan a nuestras manos y posibilidades. Por tanto, no hay más opción que acoger a este afuerino, darle el espacio necesario, convertirlo en un apoyo, dejándole claramente marcados sus límites y posibilidades. Tenemos que aprender a convivir y asegurarnos de que no interfiera dentro de las actividades familiares que implican nuestra intimidad, el desarrollo de nuestros afectos y los espacios de contacto que tenemos con nosotros mismos y los demás.

SHARE
Comentarios